De cara al Mundial de Fútbol, la Ciudad de México vive una gran transformación en su imagen. Avenidas, muros, el metro y varios espacios públicos se han llenado de imágenes de ajolotes sonrientes. Por su parte, puentes peatonales, barandales y barreras de división, entre otros elementos de la infraestructura urbana, han adquirido un llamativo color morado.
A esta metamorfosis estética se le ha denominado “ajolotización de la ciudad”, un fenómeno que ha generado un intenso debate —particularmente en redes sociales— por todo lo que implica. Que quede claro: las quejas no van contra el uso del anfibio, ni por el deseo de renovar la imagen de la ciudad y darle un nuevo color. El debate de fondo obedece a otra razón, una que puede resumirse con la famosa frase de la campaña presidencial de Bill Clinton: ¡es la economía, estúpido!
Haciendo una analogía con la realidad capitalina, podríamos decir, no son los ajolotes ni el color, ¡son las prioridades! La molestia que se expresa no proviene del intento de mejorar la imagen urbana, sino del hecho de que la ciudad requiere una transformación estructural real, no solo un cambio cosmético. Mientras la ciudad cambia de color, millones de personas siguen enfrentando diariamente semáforos descompuestos, baches, fallas en el transporte público y largos tiempos de traslado.
El problema no es que se embellezcan espacios públicos, una ciudad también necesita símbolos que fortalezcan el sentido de pertenencia. La crítica se debe a que estas acciones parecen desconectadas de las necesidades más urgentes de quienes habitan la capital. ¿De qué sirve un mural sobre las calles de Reforma si al lado hay un enorme bache?
Además, los cambios transmiten la sensación de responder más a una lógica turística y de promoción política que a una planeación urbana integral e interés en beneficiar a los capitalinos. En vísperas del Mundial, la ciudad busca mostrarse atractiva aunque esto signifique dejar en segundo plano las necesidades de sus habitantes. Diariamente millones de personas padecen las implicaciones de los cambios: tráfico, obras improvisadas y una infraestructura que parece escenario de película de terror.
La pregunta de fondo no debería ser por qué molestan los cambios, sino por qué no se atendieron los problemas cotidianos. Cuando un gobierno apuesta más por la imagen que por soluciones de largo plazo, lo que muestra es que tiene mal definidas sus prioridades y, peor aún, que es incapaz de construir una ciudad para todos.
Algunos analistas han descalificado estas quejas argumentando que obedecen al clasismo o al oportunismo político. Sin duda, parte de la queja se ha centrado en si el color gusta o no; sin embargo, reducir el debate a una cuestión estética solo desvirtúa el problema central. Por más inspiradores que sean los cambios, tienen poco o nulo impacto en la calidad de vida de la población si no vienen acompañados de mejoras de fondo.
La ironía de todo esto es que, mientras la ciudad se tapiza de ajolotes morados, el anfibio real se encuentra en peligro de extinción. Habría sido un acierto que una parte de los millones de pesos utilizados en el urbanismo cosmético se destinara al rescate de la especie que hoy se presume en todos lados. Pero insisto, existen prioridades, y la preservación de la especie no lo es.
A unas semanas del Mundial, algo queda claro: se desaprovechó la oportunidad de hacer una ciudad más habitable. En su lugar, se optó por llenar de ajolotes y color las calles, los cuales poco a poco se borrarán para dar paso a los verdaderos problemas de la ciudad.