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Sueños y recuerdos de Lezama Lima

Sueños y recuerdos de Lezama Lima

Columnas viernes 16 de agosto de 2019 - 03:44


Iván González Cruz, especialista en la obra del escritor cubano, es autor de Diccionario. Vida y obra de José Lezama Lima. González Cruz también se dio a la tarea de dar forma y corregir versiones anteriores de los diarios que llevó el escritor de 1939 a 1949 y luego de 1956 a 1959 (Diarios, Editorial Verbum, 2014.) En este libro pueden encontrarse notas personales, piezas literarias, viñetas culturales, medallones filosóficos y dardos políticos. Y desde luego una prosa que atrapa a la primera.

7 de nov. 1939. Tripulo un enorme toro. Ni lo cabalgo en paseo dominical, ni tampoco es el toro negro del destino imposible. Por el tamaño me parece que voy en un hipopótamo, pero más veloz, un enorme toro, hinchado, pero no en el ensanchamiento pasajero, sino en infladura que va a durar tranquilamente muchos años. Mi cuerpo impulsado hacia los cuernos, por la impulsión frenética del animal, se asoma al abismo un tanto frío, pues las rocas parecen grandes y geométricos trozos de hielo. Doy un salto en el momento en que ya el toro hinchado se precipita, y yo no sólo me aseguro en terreno frío pero firme, sino que contemplo con frialdad el lento descenso del animal. Ya tiene todo el cuerpo sumergido en el agua y la boca desesperada busca una ventana para el aire y se va acomodando, haciendo su suerte más posible. Yo arriba, frío y contemplativo.

Ahora el toro empieza a rodearse de su propia sangre, el pobre animal ya acepta los hechos. De vez en cuando me asomo, y me horroriza el que yo también podría precipitarme... Se va reduciendo, a un punto de sangre vivicísimo, que queda como un ojo, testigo o eternidad bestial.
Es esto todo lo que he podido recoger de mi último sueño, que me horrorizó con una frialdad que es una de las formas más acusadoras de lo terrible.

28 de mayo 1940 (medianoche). Doliéndome el corazón. Estrella, olvídame. Yo pienso en ti de cuando en cuando, con intervalos cada vez más pronunciados. De noche los ojos sobre las estrellas. Sueño en la [(?)] noche que es de día y puedo tocar la carne de las estrellas. Medianoche. Frías, iguales cada una de las estrellas. Sueño. Cada una de las puntas de las estrellas van golpeando mi cabeza, son golpes leves, pero son suficientes para hacerla bajar y subir levemente. Miro una estrella, mi pensamiento se hace inconcluso. Las miro a todas, tengo los párpados suavemente entornados, logro concluir mi pensamiento. El viaje está preparado. Me aterroriza viajar, pero alguien me impulsa con golpes suaves.

Cuando logro olvidarlas, sigo descifrando, aconsejándole, estrella, olvídame. Pero la mirada también necesita de ese no de miel. Nuestro lenguaje es mudo e insoportable. Pero no me decido a rendirme. Frente a su fría presencia, continuamos dirigiendo la mirada, con los ojos muy abiertos. Puede ser grandioso el espectáculo de nuestra mirada. El puerco que se hace estrella. La estrella que sirve para nutrirnos.

No veo, no oigo. Apenas puedo tocar las estrellas; en una palabra, el sueño, que por primera vez no me asalta: Voy cayendo en él como quien salta un abismo con los oídos algodonados. Y al despertar, se encontrase en un mundo de algodón.

25 de feb. 1945. Asisto al banquete de los antiguos alumnos de Mimó, colegio donde yo me eduqué. Eso me ha llevado a pensar en varias cosas: […]

a) Artesano de la palabra escrita no oral es un sacrificio. El obispo que decía cuando le hablo a los seminaristas me preparo más que nunca.

b) Los recuerdos se presentan por su cuenta en forma de rumor en el subconsciente.

c) Habanero de muchas generaciones me gustaba visitar con frecuencia el sitio donde había estudiado, ya no está allí. Pero permanece en el Vedado, y los hijos de los hijos del viejo catalán Dn. Claudio [continúan] su labor.

d) Veo ahora como ayer a Don Patricio con su corpachón lento bajo los muchos años, guardando las libretas y los cuadernos de caligrafía. Los dos grandes patios iluminados, con [¿su/un?] recreo lleno de voces y con un crepúsculo suave y profundo. Y el refectorio, agrandado aún más por la presencia de Don Pablo, presidiendo el almuerzo o dictando traviesos ejercicios de ortografía, entre burlas y donosuras.

Y el día de la muerte de Dn. Claudio, donde cuatro generaciones de cubanos se entrelazaron alrededor de aquel que había sabido unir a Cataluña libre con Cuba libre.

29 Julio 1957. Me visitan Fina [García Marruz] y Cintio [Vitier], después de su regreso a México. Hablamos de la prosodia mexicana. Fina y Cintio hacen parodias deliciosas de la pronunciación mexicana. Cintio las hace con más decisión. Fina lo hace con más lentitud, desconfianza y vacilación. Las palabras “ataques” e “insurgentes”, son el centro de sus ejercicios de silabeo azteca. Dice “at qs”, “insurgnts”, parece como si absorbieran una cantidad de aire, que sueltan súbitamente, como temerosos de que se les escapen, sobre las otras sílabas, que así quedan oscurecidas. “No hablan, dice Cintio, silban.” Como la serpiente, no como el jibarito de la mañana.

Recuerdo un luchador japonés, visto en mi juventud, que en medio del combate lanzaba sílabas, para nosotros, sin sentido, pero que muy pronto, creíamos descifrar, regalándoles el sentido.

En esa prosodia azteca, el curso del aire empleado en la conversación parece ser otro. Trata como de romper palabras, de sumergirlas, de convertirlas en serpientes, oscurecidas por una tromba diminuta, graciosa de aire.



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/CR

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