Fusible quemado

Fusible quemado

Fusible quemado es el durísimo término que se le da, en el argot político, a un colaborador que se ha desgastado y que ya no es útil para la tarea encomendada. Alfonso Romo parece que ha llegado a ese punto; aunque quizás sea él quien se haya percatado de su condición y no su jefe; cuya testarudez seguramente le impedirá ver eso. Y es que después de la cancelación del nuevo aeropuerto, difícilmente alguno de los empresarios agraviados le vuelva a brindar su confianza.

La posición de Romo debe ser muy incómoda. Un tipo hecho a sí mismo, que ha sido exitoso y que incluso ha sabido levantarse del fracaso, ahora tiene que jugar un papel secundario. Encima de todo, ha tenido que dar explicaciones a sus decepcionados colegas que se sienten burlados.

Desde luego que muchos de ellos tomarán las oportunidades que de manera compensatoria les ofrecerá el gobierno entrante, en un afán por desagravarlos un poco, después de los miles de millones de pesos que López Obrador les ha hecho perder; dinero por cierto que ya no volverá. Pero su gran operador en ese terreno ya ha perdido toda credibilidad; y esa no se recupera.

El tabasqueño les quitó el dinero a la brava y no a través de impuestos. Utilizó a Romo para mentirles a los ojos, al tiempo que, cerrillo en mano, quemaba la pradera. Los despojó, pues de una auténtica fortuna; y lo peor es que esa inversión era para beneficio directo de la población y del país.

Pero bueno, Romo es un sobreviviente en los negocios, que ha sabido pelear y salir victorioso. Incluso logró el perdón de López Obrador que lo limpió de todos sus pecados ligados al Fobaproa. Así que, si tiene la cara un poquito dura, bien puede darles la espalda a sus amigos empresarios (bueno ya se las dio) y hacerse de otros. Finalmente, la autodenominada cuarta transformación pretende crear una nueva casta de millonarios (de esos que antes no salían en la revista Hola y ahora hasta portadas les hacen).

Él, junto con otro personaje que está por ahí muy cerca del amado líder, serán los que decidirán los grandes contratos durante el próximo sexenio. La repartidera estará ahí, en Palacio Nacional, en esas pocas manos. Y visto así, quizás debiera serenarse, quitar esa cara larga con la que le hemos visto últimamente y mirar hacia adelante. Hay tanto dinero por hacer y tan poca transparencia y rendición de cuentas, que pronto tendrá más amigos de los que perdió.

Pero volviendo a ese empresariado que salió perdiendo, no recuerdo un solo caso en la historia universal de algún líder que se haya confrontado con los señores del dinero, les haya arrebatado sus negocios y haya salido impune. ¡Ah sí, ya recuerdo! Castro y Chávez lo lograron.



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